
BEATA VIRIDIANA DE ATTAVANTI. Nació en Castelfiorentino (Florencia) hacia 1180/82. Desde joven llamó la atención de sus paisanos por su piedad y sus virtudes humanas y cristianas. Peregrinó a Roma y a Santiago de Compostela. A su regreso, decidió vivir como reclusa. Le construyeron una celdita junto a una capilla de san Antonio abad, cerca del pueblo. Hizo voto de reclusión en la parroquia, vistió la túnica de penitente y, acompañada del clero y del pueblo, marchó a su choza, donde permaneció encerrada treinta cuatro años dedicada a la oración y la penitencia. Muchas personas acudían a ella en busca de consuelo o de consejo, y le llevaban alimentos, que luego ella distribuía a los pobres que la visitaban. Se dice que en 1221 san Francisco fue a visitarla y la admitió en su Tercera Orden. Murió en su pueblo natal el 1 de febrero de 1242.

BEATO ANDRÉS CONTI. Nació en Anagni (Lacio) hacia 1240, de la noble familia de los Condes de Segni, a la que pertenecieron los papas Inocencio III, Gregorio IX, Alejandro IV y Bonifacio VIII, estos dos últimos eran tío y sobrino respectivamente del Beato. De joven entró en la Orden franciscana, recibió la ordenación sacerdotal y, aunque con preparación y dotes para la actividad apostólica, con el permiso de los superiores se retiró al convento eremitorio de Piglio (Frosinone), donde pasó toda su vida entregado a la oración y la penitencia. Dios le concedió dones carismáticos para ayudar y aconsejar a las almas con problemas. Era buen teólogo y escribió una obra notable sobre la Virgen. Los papas le ofrecieron el capelo cardenalicio, que rehusó humildemente. Murió el 1 de febrero de 1302.

BEATO CONOR O'DEVANY. Es uno de los 17 mártires irlandeses beatificados por Juan Pablo en 1992 (cf. 20 de junio). Nació en el Ulster hacia el año 1532. Franciscano desde su juventud y sacerdote acreditado por su celo, fue nombrado obispo de Down y Connor en 1582 por Gregorio XIII. El 1 de febrero de 1612, bajo el reinado de Jacobo I de Inglaterra, fue ahorcado en Dublín junto con el beato Patricio O'Lougham, sacerdote diocesano, ante una multitud de personas que habían acudido a su ejecución. Bastante antes habían sido apresados, maltratados, y finalmente juzgados y hallados culpables de negarse a reconocer la primacía religiosa del rey, y por ello condenados como reos de alta traición. Conor no cesó de alentar a los católicos a permanecer fieles a su fe y al Papa. Ambos se inmolaron perdonando a sus verdugos y orando por Irlanda.