
SANTA COLETA BOYLET. Nació en Corbie (al norte de Francia) en 1381. Sus padres, ya mayores, la llamaron Nicolette o Colette, agradeciendo a san Nicolás el haberla tenido. Huérfana de padre y madre a los 18 años, distribuyó sus bienes entre los pobres y emprendió una variada experiencia religiosa que pasó por vestir el hábito de la Tercera Orden y llevar vida eremítica, hasta profesar en las clarisas. Desde su profunda vida de pobreza y oración, se sintió llamada a renovar su Orden, a la que quiso devolver el espíritu y la observancia que le diera santa Clara en su Regla. Con autorización pontificia, reformó unos monasterios y fundó otros nuevos, para los que redactó unas Constituciones, aprobadas por la Iglesia. Aún en la actualidad son numerosos los monasterios de "Coletinas", que se inspiran en Clara y en Coleta. Su impulso renovador benefició también mucho a los franciscanos. Murió en Gante (Bélgica) el 6 de marzo de 1447. Su fiesta se celebra el 7 de febrero.- Oración: Señor, Dios nuestro, que has elegido a santa Coleta como modelo de vírgenes en el seguimiento de los consejos evangélicos, concédenos caminar por la senda de la vida franciscana, que ella impulsó con su ejemplo y doctrina, y avanzar seguros por ese camino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SAN GIL MARÍA DE SAN JOSÉ. Nació en Taranto (Italia) el año 1729, de familia sencilla y cristiana. Al perder a su padre en la adolescencia, asumió la responsabilidad de cuidar de su familia. A los 25 años ingresó en los «Alcantarinos» de la Orden Franciscana. Pronto fue destinado al hospicio de San Pascual (Nápoles), donde permaneció casi 53 años, ejerciendo, alternativamente, los oficios de cocinero, portero y limosnero, con edificación de todos, especialmente de los numerosos pobres que acudían al convento para recibir de él ayuda o consuelo. Con solicitud franciscana consagró sus energías al servicio de los pobres en Nápoles, muy castigados principalmente por las vicisitudes políticas. Innumerables fueron los prodigios que acompañaron la misión de bien y de paz de fray Gil, que ya en vida mereció el apelativo de «Consolador de Nápoles». Su vida fue, con todo, esencialmente contemplativa, y sus devociones preferidas eran la Eucaristía y la Virgen María. Murió el 7 de febrero de 1812. Lo canonizó Juan Pablo II en 1996.
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