
LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR. Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: la Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo. El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».- Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA LUCÍA FILIPPINI. Nació en Tarquinia (Lazio) el año 1672 y pronto quedó huérfana. Se educó primero en las benedictinas y luego, durante cuatro años, en las clarisas de Montefiascone. A los 16 años se encontró con el Card. Marco Antonio Barbarigo, obispo de Montefiascone, que sería en adelante su director espiritual. Comenzó educando a la juventud femenina en una escuela fundada por el cardenal, y en 1704 fundó, con la beata Rosa Venerini, el Instituto de Maestras Pías Filipinas en el monasterio de Santa Clara de Montefiascone, en el que se había educado; las clarisas se adhirieron a la nueva fundación, que más tarde se independizó por completo. La tarea de las Maestras era la enseñanza cristiana de jóvenes y mujeres, especialmente las pobres. Aparte su dedicación a la enseñanza, Lucía daba conferencias a mujeres e incluso les predicaba retiros y ejercicios espirituales de ocho días. No todos la comprendieron en aquel tiempo, y tuvo que afrontar acusaciones infundadas. Murió en Montefiascone (Lazio, Italia) el año 1732.
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