
SAN VICENTE FERRER. Nació en Valencia (España) el año 1350. En 1367 ingresó en la Orden de Predicadores. Se ordenó de sacerdote en 1379 y poco después lo nombraron prior de su convento. Fue confesor, capellán y penitenciario de Benedicto XIII. Enseñó teología, pero sobre todo dedicó su vida a la difusión del mensaje evangélico, no sólo entre los cristianos, sino también entre los judíos, los musulmanes y los herejes, cátaros o valdenses, recorriendo los pueblos de España y los de varias naciones europeas. Como predicador arrastró grandes masas de pueblo y produjo mucho fruto, tanto en la defensa de la verdadera fe como en la reforma de las costumbres. Trabajó por la solución del cisma de Occidente. Intervino como mediador o pacificador en graves conflictos de soberanos o naciones, como sucedió en el llamado Compromiso de Caspe referente a la sucesión en la corona aragonesa. Dejó varios escritos entre los que destaca su Tratado de la vida espiritual. Murió en Vannes (Francia) el 5 de abril de 1419.- Oración: Dios todopoderoso, tú que elegiste a san Vicente Ferrer ministro de la predicación evangélica, concédenos la gracia de ver glorioso en el cielo a nuestro Señor Jesucristo, cuya venida a este mundo, como juez, anunció san Vicente en su predicación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA MARÍA CRESCENCIA HÖSS. Nació en Kaufbeuren (Baviera, Alemania) el año 1682, hija de un modesto tejedor de lana, y allí murió el 5 de abril de 1744. Ya en la escuela se distinguió por su inteligencia y su devoción. Luego, se hizo tejedora para ayudar a su familia. Superadas muchas dificultades, como el no poder pagarse la dote, ingresó de joven en el monasterio que las franciscanas de la Tercera Orden tenían en su pueblo y en el que fue portera, maestra de novicias y superiora. A ella acudían, incluso por escrito, gentes de toda clase en busca de consejo. Su vida consagrada estuvo siempre impregnada de amor alegre a Dios y de preocupación por los pobres y los que sufren. El Señor le concedió experiencias místicas extraordinarias. Se distinguió por su candor espiritual, su devoción al Espíritu Santo y a la Pasión de Cristo, así como por su esmero en la formación humana y espiritual de las religiosas. La canonizó Juan Pablo II el año 2001.
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