BEATA FELIPA MARERI. Nació de la noble familia de los Mareri a finales del siglo XII cerca de Rieti (Italia). Tuvo la fortuna de ver y escuchar a san Francisco cuando el santo, de viaje por el Valle de Rieti, se hospedaba en casa de sus padres. Movida por el ejemplo de Francisco decidió consagrarse a Dios y, como sus familiares no aprobaban su propósito, huyó de casa y se refugió, con algunas compañeras, en una gruta de las montañas cercanas. Allí permaneció hasta que su sus hermanos le dieron, en 1228, el castillo de Borgo San Pietro (Abruzzo) y la iglesia aneja, donde se fue organizando la vida claustral siguiendo las normas y forma de vida que san Francisco había dado a las clarisas de San Damián. El mismo Francisco encomendó al beato Rogerio de Todi el cuidado espiritual del monasterio, en el que se oraba y se trabajaba, se hacía apostolado y se ayudaba a los pobres. Felipa murió el 16 de febrero de 1236.
BEATO JOSÉ ALLAMANO. Nació en Castelnuovo d'Asti (Piamonte, Italia) el año 1851, de familia campesina. Era sobrino de san José Cafasso y tuvo a san Juan Bosco de confesor y guía espiritual en Turín, donde ingresó en el seminario y, en 1873, recibió la ordenación sacerdotal. Era frágil de salud, pero inteligente y tenaz. Su primer destino fue el seminario diocesano. En 1880 fue nombrado rector de la Consolata, el santuario más querido de los turineses. Allí promovió el culto mariano, reabrió el convictorio sacerdotal anejo al santuario para fomentar la formación y santidad de los sacerdotes. Desde joven había sentido la vocación misionera y consideraba imprescindible avivar en la Iglesia el amor a las misiones. Con paciencia y tenacidad fue desarrollando su proyecto que desembocaría en una doble congregación: en 1901 nació el Instituto de la Consolata para las Misiones Extrajeras, y años más tarde, en 1910, comenzó el nuevo instituto de hermanas misioneras. Murió en Turín el año 1926, y lo beatificó Juan Pablo II en 1990.
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